De vuelta en Jerusalén, Mark y Lisa tienen conciencia clara del papel de los árabes cristianos en los dramas geopolíticos de la actualidad, pero viven en un mundo volátil, donde los intermediarios están en constante peligro de ser pisoteados por musulmanes, judíos o cristianos occidentales, quienes, de manera muy similar a los cruzados, los ignoran por completo en su carrera para reclamar la tierra sagrada de Dios.
La mañana de Pascua, Mark y Lisa, vestidos con sus mejores galas, forman una atractiva pareja que camina por la acera llevando de la mano a Nate y Nadia hasta el auto familiar, un Honda marrón rojizo de medio uso. Es un momento de gran orgullo, la primera Pascua que pasan juntos en Tierra Santa, y Lisa, al notar el abundante polvo que cubre el vehículo, le pide a Mark que lo enjuague. El hombre va a buscar la manguera y la conecta a la toma de agua que comparten con sus vecinos, quienes salen al porche para observar la acción cubiertos con sus kufiyyas e hiyabs. Con gran emoción, Lisa explica a los chicos que papá está bañando el coche por la Pascua y en ese momento, como respondiendo a una señal, Mark aprieta la boquilla de la manguera. Nada. Revisa la toma de agua y vuelve a apretar. Otra vez nada. Manguera vacía en mano, se queda parado e impotente frente a hijos, vecinos y visitantes extranjeros. “Imagino que han abierto las tuberías que abastecen los asentamientos –informa con voz baja, haciendo un ademán hacia los centenares de nuevas viviendas judías en las colinas cercanas–. No hay más [agua] para nosotros”. Lisa sigue tratando de explicar la situación a los niños mientras el auto se aleja de la acera.
“Odio a los israelíes –declara Lisa un día, inesperadamente–. De verdad los odio. Todos nosotros los odiamos. Creo que incluso Nate empieza a odiarlos”.
“¿Odiar no es pecado?”, pregunto.
“Claro que sí –responde–. Por eso soy pecadora. Pero me confieso cuando voy a la iglesia y eso sirve. Estoy aprendiendo a no odiar; entre tanto, me confieso”.
“El odio destruye el espíritu– sentencia el padre Rafiq Khoury, sacerdote palestino de suaves modales que escucha la confesión en el Patriarcado Latino de Jerusalén–. A pesar de todos los problemas, de la violencia y desesperación que expulsan a los cristianos, percibo la promesa de nueva vida en el rostro de los jóvenes y me anima la esperanza, que es el don de Dios para la humanidad. Ese es el mensaje de la Pascua”.
Sin embargo, incluso en la Pascua, los árabes cristianos parecen ser los olvidados. La noche del Viernes Santo acompaño a Lisa y Mark a la misa en la enorme Iglesia de Todas las Naciones, contigua al Jardín de Getsemaní, en la zona oriental de Jerusalén. Mark, quien no resiste las multitudes, permanece afuera con Nate en el fresco aire vespertino, pero Lisa, quien ha asistido a esa celebración desde su infancia, quiere entrar. Aunque hay pocos feligreses, nos paramos alejados de los bancos de la iglesia, a pocos metros de la entrada, pues Lisa lleva a Nadia en la carriola. Entonces, mientras admiramos el ornamentado altar y el vestíbulo, las hordas de cristianos que circulan por Jerusalén entran intempestivamente en el edificio como una plaga del Antiguo Testamento.
Centenares de peregrinos cruzan a empellones las puertas dobles, llenando el cavernoso espacio con sus cuerpos calientes y haciendo que nos adentremos más en el templo. La temperatura sube con rapidez y empieza a faltar el aire. Me vuelvo a mirar a Lisa y descubro que una expresión de angustia tuerce sus rasgos mientras afianza el cochecito y trata de resistir la fuerza del río de humanidad que fluye al interior de la iglesia. Holandeses, alemanes, coreanos, nigerianos, estadounidenses, franceses, españoles, rusos, filipinos, brasileños: la multitud se empuja para avanzar, hambrienta de una mayor proximidad con Dios.
En ese momento, la decisión de Lisa de llevar consigo a Nadia se revela como un error. A nivel de la vista, algunas personas descubren el espacio que deja la carriola y pugnan por ocuparlo sin darse cuenta de que allí duerme la niña hasta que, prácticamente, caen sobre ella. Con los ojos dilatados, Lisa se esfuerza por proteger a Nadia de la prensa de cuerpos. Como si vadeáramos aguas profundas, tratamos de hacer camino para el cochecito hasta las puertas de la iglesia, pero varios extranjeros responden con hostilidad a la diminuta árabe que se mueve en sentido contrario; la agresividad adquiere incluso expresión física mientras nos abrimos paso entre la muchedumbre. Al cruzar las puertas, el gentío disminuye apenas un poco. Lisa se inclina hacia mí, tratando de hacerse oír en el caos que nos rodea. “¿Se da cuenta? – pregunta, jadeante, en la colina donde Jesús pasó su última noche en la Tierra–. Este es nuestro hogar, ¡y pareciera que no existimos!”.
Original de National Geographic
Acerca del Autor
Juan Manuel Lemus es el creador del proyecto Twiek y de otros proyectos através de la Red. Actualmente trabaja en el campo de desarrollo y diseño de sitios de Internet, y sirve en su congregación como Maestro de Escuela Dominical.
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